EL SILENCIO DEL REBAÑO
Se cumplía la séptima luna de agosto: la Virgen tenía que regresar a Almonte. El pueblo, sabio, conoce y convive con la espera. Esa forma de vivirla conlleva a que no se cumplan años, sino “venidas”. Todo estaba dispuesto: la primera Ella, el resto detrás -como siempre-. A ritmo de palmas, sevillanas, vítores y salvas de escopeta, todos estábamos abocados a cumplir una sentencia: aquella que la dictan las camaristas y el clero, aquella de cubrir nuestra Esperanza más cierta y andar. Andar, siempre andar. Es lo que El Rocío enseña. Y comenzamos con la ilusión del primer amor, del primer trabajo o de una mañana de reyes porque cualquier ilusión es comparable -a la baja- con lo que se vive esa noche. Decía mi admirado Fernando Villalón que “ el mundo se divide en dos grandes partes: Sevilla y Cádiz. ” Esa noche se dividía entre Almonte y El Rocío, entre la alegría y la tristeza, entre el barullo y la calma, entre lo lleno y lo vacío. Nada falt...



