EL SILENCIO DEL REBAÑO
Se cumplía la séptima luna de agosto: la Virgen tenía que regresar a Almonte. El pueblo, sabio, conoce y convive con la espera. Esa forma de vivirla conlleva a que no se cumplan años, sino “venidas”.
Todo estaba dispuesto: la primera Ella, el resto detrás -como siempre-. A ritmo de palmas, sevillanas, vítores y salvas de escopeta, todos estábamos abocados a cumplir una sentencia: aquella que la dictan las camaristas y el clero, aquella de cubrir nuestra Esperanza más cierta y andar. Andar, siempre andar. Es lo que El Rocío enseña.
Y comenzamos con la ilusión del primer amor, del primer trabajo o de una mañana de reyes porque cualquier ilusión es comparable -a la baja- con lo que se vive esa noche.
Decía mi admirado Fernando Villalón que “el mundo se divide en dos grandes partes: Sevilla y Cádiz.” Esa noche se dividía entre Almonte y El Rocío, entre la alegría y la tristeza, entre el barullo y la calma, entre lo lleno y lo vacío.
Nada faltaba: las abuelas, los pañuelos, las súplicas y las gracias. Aunque todo sobraba.
Todos los astros se dieron cita en esta noche. La atmósfera, envuelta en la más profunda espesura del terreno, originaba una textura onírica. Andar, andar. Era lo único esa noche. En la mente mil nombres y días por contar, en la boca, los labios temblorosos al nombrar su nombre.
La espera del Rocío de la mañana la amenizaban -de forma amarga- las lágrimas de todos los que íbamos en esa “ola sin dueño”, como escribió el Romero.
Pero ¿cómo se lloraba por algo que no se veía? Aquella noche, entendimos qué era la Fe: el creer sin ver sabiendo que está.
Alguna Salve rompía el silencio del rebaño. Allá, a lo lejos, otra voz con semblante reflexivo y resignada ante el paso del tiempo decía a tono aquello de cuando pasen siete años quién te volverá a Ti a ver. Esas horas fueron aquella antítesis al júbilo de Pentecostés. Era de aquellas cosas que marcan de tal manera que a la mañana siguiente, como si de un hechizo fueras preso, no vivieras igual los días.
La mañana se hizo paso pidiéndole permiso en el Chaparral a la del “pañito en la cara”. La vida seguía tras el paréntesis de ese mundo nocturno dividido en la marisma.
Siento frustración al creer que lo sabemos todo, que lo hemos inventado todo. No sabemos nada. No sabemos porque, por mucho que avancemos, nunca seremos capaces de sacar todo lo que nuestro corazón sintió. Un corazón que desde esa noche de venida es distinto.


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