ESE BESO

A mi Dolores.

Abrió la ventana. Pese al tiempo estival, un airecillo entraba a saludar en todas las casas en las que era recibido. Lo acompañaba el olor de los jazmines y el de la dama de noche de la fuente. 

Su habitación totalmente a oscuras, de fondo, el sonido de algún grillo perdido en la inmensidad que ofrecía la noche. “Hora de dormir”, se dijo minutos antes mientras apagaba el viejo flexo tras viajar un rato gracias al último libro regalado. 

Se acostó. Suenan las sábanas tersas con ese olor inconfundible a casa. Es mucho de rituales y los había cumplido todos antes de echarse a dormir. Bueno, sinceramente no, le faltaba el más importante: aquel que con el paso del tiempo sería cada vez más vital. Sin embargo, no lo volvió a tener. 

Era su beso, aquel beso de buenas noches que desde pequeño velaba sus miedos y sueños.

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