MEDALLAS
Para los hermanos de la Sacramental de la Esperanza, el sábado de Quinario se antoja como un día grande para la Corporación. Es en este día, donde se le da las felicidades y la bienvenida a la Hermandad a todos aquellos hermanos que se han incorporado a lo largo del año.
Tras la Eucaristía, celebrada con la habitual atmósfera de un lugar repleto de pequeños, toca el momento de recibir la distinción como persona perteneciente al seno del Dios de la Esperanza.
Nombre y apellidos de los nuevos hermanos, uno por uno pasa. Niños... y no tan niños, esos que un día en casa dijeron: "Quiero ser de la Esperanza"
Los ves dirigirse hacia el altar: algunos pueden solos, otros, con ayuda. Finalmente todos llegan.
¡Ay quién volviera!... En más de una mente pasa esa frase a ver tantos niños e inevitablemente rememoras un recuerdo casi incierto como fue el momento en el que te acercó las manos de tu madre con tu torpe caminar hacia la presencia de Ellos para recibir tu medalla -la que tienes en tu habitación cerca de ti- las manos, son las mismas que con sumo cuidado y bajo la atenta mirada de una abuela locamente enamorada de ti, te vestirán en una tarde de Viernes Santo y años después te soltarán para que sigas solo con tu caminar. Ya eres mayor, hijo.
Así es la vida del cofrade, ¿verdad? Empezar en la primera de Cristo y acabar en la última, al lado de los que te han guiado toda tu vida.
Ese niño que está besando la medalla con la cara de nuestro Señor será cirial dentro de unos años, esa niña que no ha parado de correr por las naves de la Parroquia durante la Liturgia será diputada, cómo su padre lo es, ese otro capataz del Cristo y esa que llega en los regazos de un abuelo orgulloso de su nieta, tendrá el honor de ser camarera de la Mujer que, perdonadme, me quita el "sentío".
Son la savia de nuestra Hermandad, lo más preciado después de nuestros Titulares. Desde el que juguetea en la primera de Cristo con sus primos en su primer año juntos de nazareno, como la que se viste de nazarena y viste su cara de una sonrisa impoluta al ir con su padre cerca del palio -como el abuelo- o cómo ese pequeño infante que tras la gesta de toda una tarde acompañando a la FE llega a la Parroquia y no hay marcha, ni murmullo que lo mueva de su banca "coscaíto".
Brindo por los nuevos en llegar y por los antiguos que se van, porque gracias a ellos tenemos nuestros días.
Porque bendita la rama que del tronco sale. Un tronco... lleno de Esperanza.


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